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Rehenes de guerra
Sin fertilizantes y sin energía asequible, Extremadura no puede trabajar. Así de simple. Cada subida reduce unos márgenes ya ajustados, tensiona la cadena de valor y obliga a tomar decisiones difíciles. Y eso acaba trasladándose al consumidor final. Es un efecto dominó que ya vimos con la guerra de Ucrania y que vuelve a repetirse.
La guerra en Irán ha vuelto a demostrar una realidad incómoda pero incuestionable: el campo extremeño, aunque ligado al territorio, es vulnerable a las tensiones globales. Lo que ocurre a miles de kilómetros se traduce aquí en más costes, incertidumbre y pérdida de competitividad, poniendo en riesgo la viabilidad de explotaciones y cooperativas.
Es lo que ya está ocurriendo con el conflicto en Irán. El precio del gasóleo agrícola subió de inmediato, igual que el de los fertilizantes, insumos esenciales en un momento clave del calendario agrario. No hablamos de una amenaza futura, sino de una realidad que ya impacta en las cuentas de agricultores, ganaderos y cooperativas.
Sin fertilizantes y sin energía asequible, Extremadura no puede trabajar. Así de simple. Cada subida reduce unos márgenes ya ajustados, tensiona la cadena de valor y obliga a tomar decisiones difíciles. Y eso acaba trasladándose al consumidor final. Es un efecto dominó que ya vimos con la guerra de Ucrania y que vuelve a repetirse.
Pero esta vez hay un factor adicional: la incertidumbre. El conflicto en Oriente Próximo cambia cada día en un contexto geopolítico inestable. El conflicto en Oriente Próximo evoluciona en un contexto geopolítico inestable, con tensiones comerciales y amenazas de endurecimiento arancelario por parte de EE UU, con del comercio internacional cada vez menos previsibles.
Para las cooperativas agroalimentarias extremeñas, esto se traduce en dificultades reales. El encarecimiento del transporte está bloqueando pedidos y complicando la logística. En muchos casos, los precios ya estaban cerrados, lo que impide repercutir el aumento de costes. El resultado es claro: pérdida de rentabilidad y de competitividad en un sector que, no lo olvidemos, es esencial para todos.
Tampoco se puede ignorar el riesgo de interrupciones o encarecimientos en rutas comerciales estratégicas y cualquier alteración puede impactar directamente en la exportación agroalimentaria.
Las cooperativas, principal instrumento de organización económica del campo extremeño, se encuentran en una situación especialmente delicada. Gestionan producción, transformación, comercialización y suministro de insumos y, cuando sus costes se disparan, el impacto alcanza a miles de socios.
Y no es la primera vez. La guerra de Ucrania ya dejó lecciones claras: el aumento de los costes energéticos y de los fertilizantes desbordó la estructura del sector. Ahora, cuando comenzábamos a recuperar cierta estabilidad, el escenario vuelve a complicarse.
Ante esta situación, las medidas adoptadas resultan insuficientes. Es imprescindible actuar con rapidez: hay que controlar la especulación en los mercados energéticos y evitar prácticas anticompetitivas; y urge revisar el sistema de ayudas al gasóleo agrícola, evitando que las cooperativas tengan que adelantar fondos. También, deben adoptarse medidas para asegurar el suministro de fertilizantes y reducir su coste, eliminando cargas fiscales innecesarias, revisando aranceles y adaptando una normativa que limita a un sector que produce alimentos seguros y de calidad.
Asimismo, es fundamental habilitar líneas de financiación específicas para cooperativas, con créditos y avales adaptados a su realidad. No hay que olvidar que su deuda es, en última instancia, la de sus socios.
Más allá de las medidas coyunturales, este contexto exige una reflexión estratégica: Europa debe reforzar su soberanía alimentaria y su papel en el escenario internacional. No puede seguir dependiendo de decisiones externas que condicionan un sector clave.
El campo extremeño no pide privilegios. Pedimos estabilidad, previsibilidad y condiciones justas para seguir produciendo alimentos de calidad, porque cada conflicto internacional que encarece los costes, nos afecta a todos.
La guerra en Irán está lejos, pero sus consecuencias ya están aquí. Y el sector agroalimentario vuelve a estar en primera línea de un conflicto que no ha provocado.